“Danzas de la noche” (U yóok’otilo’ob áak’ab)

En la literatura indígena contemporánea, el sueño no es simplemente el descanso del cuerpo; es un territorio real, un espacio de viaje y revelación. En la cosmovisión maya, el Wayak’ (el sueño verdadero) permite al espíritu transitar por otras dimensiones y conectar con los ancestros.
La novela “Danzas de la noche” (U yóok’otilo’ob áak’ab), del escritor maya Isaac Esau Carrillo Can (galardonada con el Premio Nezahualcóyotl 2010), es un viaje iniciático a través de esos sueños. La historia sigue a Flor, una joven que emprende un viaje para conocer a su padre biológico, el “principal de los danzantes”. En su travesía, Flor no está sola: es guiada por una entidad femenina, antigua y sabia, que se personifica como Noche.
A través de un lenguaje poético que entreteje la selva, los astros y los animales, Noche le enseña a Flor a leer los signos del universo. En este fragmento, Noche le explica a la joven los secretos de la luciérnaga, el grillo y la cucaracha, brindándole una lección magistral sobre la autonomía, la paciencia y el cuidado de la propia luz interior en un mundo que a menudo intenta apagarla.
Las lecciones de la luz y el canto
(Extracto de “Danzas de la noche”)
—Noche, sólo una cosa quisiera preguntarte, ¿cómo puedo saber si ha llegado el tiempo de casarme?
—Ja ja ja ja ja —se rió de mí la mujer—. ¿Tienes ganas de casarte, niña? No te desesperes, apenas tienes trece años, todavía te faltan muchas cosas por conocer, así que no comas ansias. Ahora necesito saber ciertas cosas: ¿qué ves y qué escuchas en este momento?
—Sólo veo luciérnagas y escucho a los grillos.
—Entonces, escucha esto que debo decirte: la luciérnaga ama iluminar la tierra, ama demostrarle al hombre que puede iluminarlo de manera intermitente a pesar que esté envuelto de oscuridad. Durante las noches de sequía, cuando están próximas las lluvias, salen las luciérnagas a multiplicarse en la tierra, esa es la temporada que les ha sido dada para hacerlo. Entonces, la luciérnaga hembra dice: —¡Aquí estoy! —enciende su luz y la apagaba—. Aquí estoy —dice la luciérnaga hembra.
La luciérnaga macho, al ver dónde se encienden las luces, fija su atención en alguna y le dice: —Luciérnaga, te traje un regalo para poder hacer que brote la luz.
Dicho lo anterior, entrega su cuerpo envuelto en intensa pasión y desbordante alegría. Tan pronto terminan de unirse, la hembra espera a que el macho se vaya y apaga su luz para esperar con paciencia el tiempo de poner los huevecillos y ver brotar nuevas luces en el mundo. Mientras tanto, el macho se dirige a buscar otra hembra para darle otro regalo; la hembra, con paciencia, espera.
—No vaya a ser que eso me pase a mí también —le dije.
—¿De qué hablas, niña?
—De que tan pronto apague mi luz, mi esposo se vaya a buscar a otra.
—Ja ja ja ja, espérate, niña, ¿no te digo que todavía te falta mucho por aprender? Otra cosa que también debo explicarte es el ruido que hacen los grillos. Ellos cantan noche con noche; nunca escuchas cuándo termina el canto. No tienen miedo aunque se encuentren en lo más profundo de la oscuridad. Si algo acechara a sus pequeños cuerpos, ellos cantan más fuerte para confundir a quien pretende devorarlos.
Al no tener luz como las luciérnagas, los grillos buscan unir sus vidas a alguien basándose en lo que oyen, y por eso cantan.
Niña, recuerda que en esta vida habrá a quien le moleste mucho que poseas una luz propia y sobre todo que seas capaz de encenderla, a pesar de que pareciera imposible de hacerlo. Habrá también a quien le moleste escuchar los cantos que entones cuando tu espíritu esté alegre.
Por eso, a pesar que te encuentres en la más terrible oscuridad, canta, enciende la luz de tu vida para que llegue a ti la persona con quien debas unirte. Pero ten cuidado, no te vaya a pasar como le pasó a la cucaracha: ella estaba tan ansiosa y desesperada por casarse, que se arreglaba, se ponía hermosa y andaba exhibiéndose en busca de alguien que quisiera ser su marido. A cualquiera que veía le decía: —¿Eres tú?
En una ocasión, cuando le hizo la pregunta a un gallo, éste le respondió: —Sí, soy yo, cucarachita, vente conmigo —e inmediatamente se la tragó.
Por eso aprende a llevar la vida mientras eres una niña, cuida lo que vives mientras que madura tu entendimiento.